miércoles, 2 de marzo de 2011

¿Por qué...?

-Mamá...¿Por qué por las noches apagamos los fuegos?-

-Para escondernos mejor. Tu y tus hermanitos dormís mas tranquilos y además así pasamos más desapercibidos. Venga, ya es hora, duérmete.-

-Espera. Ayer Papá estuvo hablando con el vecino. Le decía algo sobre que se han abierto los pasos y que la nieve ya no los detendrá. ¿De qué hablaba, mami?

-De nada, hombre. Aquí no hay nada que temer. Duérmete.-
El obediente pequeño se tapó bien, pero al segundo volvió a incorporarse con sus ojos muy pero que muy despiertos.
Al momento preguntó: 

-¿Y por qué papi sale con la lanza y la armadura en cuanto se pone el sol? El padre del pequeño Tim tambien va con él, y muchos otros padres y madres...¿Pasa algo a esa hora en los pasillos? - Preguntó el pequeño mientras miraba hacia sus juguetes donde su pequeña espada de madera y su escudito de juguete se mezclaban con un sinfín de muñecos, balones y carros hechos con palitos, como deseando que llegase pronto el momento de ser mayor para unirse a los valerosos defensores de su pueblo.

-No Raazh, no pasa nada. Salen a hacer una ronda porque es su deber como guardias de nuestro asentamiento. Nos protegen a todos, nada más.-
Intentando cortar la conversación, la joven madre lo tapó dulcemente con la vieja manta de piel de lobo y le frotó la cabeza. Tras darle un pequeño beso en la frente intentó salir de la habitación sin hacer ruido.
El pequeño, una vez más, se incorporó en la cama diciéndole a su madre, que ya empezaba a estar un poco desesperada por la falta de sueño de su hijo:

-Ma, ¿Es cierto lo que dicen Rob y Maaghht en el cole?-

-No sé. ¿Qué dicen?-

-Que cuando se acabe el frío llegarán los gigantes de metal y tendremos que volver a dejar este asentamiento y buscarnos otro más oculto...Y que muchos de nuestros guerreros morirán para que podamos escapar. ¿Va a morir Papá?-

La madre no pudo evitar cerrar los ojos y que su boca llena de colmillos dejase escapa una mueca de dolor. Su hijo empezaba a saber como sería su vida, pero aún era muy pronto para descubrirlo. Recordaba cómo lo había conocido ella, hace unos 8 años, cuando tres gigantes de piel metálica, un poderoso hechicero y un maligno elfo habían entrado en su territorio a sangre y fuego, haciendo que los supervivientes de su pueblo tuvieran que huir dejando todos sus recuerdos en su cueva natal, para buscar un nuevo lugar donde habitar. Si sólo este verano no vinieran los hombres de piel de metal. Pero tal vez era mucho pedir.
Al fin, miró a su pequeño, que la observaba con la cara ladeada en un gesto típicamente de interés. Era muy pequeño, así que le mintió:
-No te preocupes. Papá es un gran guerrero. Tal vez el mejor del asentamiento. Uno de los mejores de nuestro pueblo Kobold. Nadie puede vencerlo. Nadie nos echará de nuestra tierra... Además ¿Qué querrían los gigantes de piel de metal de nosotros? Si no tenemos casi nada...Duérmete, anda. y no pienses más tonterías.-
La madre comenzó entonces a cantar una vieja nana a su pequeño que ya tenía los ojos entornados por el sueño. Cantó bajito, muy bajito. Como si temiese que alguien la escuchase. El pequeño Kobold se fue durmiendo poco a poco.
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